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| Cosas de noviembre
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| Siempre quise ir a Glastonbury en noviembre. No sé por qué. Fuimos una vez en febrero o en marzo.
Para llegar a Glastonbury cruzamos pueblos oscuros de callejuelas serpenteantes, calles sin gente y ventanas sin luz y cielo sin estrellas, uno tras otro, en la noche helada, apenas iluminados a trechos por emanaciones amarillas en lo alto de postes. Casi como ir a Chiconquiaco con mal tiempo.
Pero no, nada tan lejos. Glastonbury, hasta hoy desinformado lector, es la cuna de la cristiandad en esta Gran Bretaña llena de leyendas: a este lado del mundo vino el de Arimatea con una copa que fue de Jesucristo y una espina de la corona que hizo sangrar la divina testa, y entre las enormes ruinas de un convento tropieza uno con la tumba del legendario rey Arturo.
Es natural que en ese lugar se congreguen los místicamente pudientes, y es explicable que ahí también se celebre un festival roquero, en el que muchachos llenos de lodo y de cerveza festejan su paso a la edad en que ya todo se puede. Pero ni las reuniones de hechiceros ni las congregaciones de roqueros me emocionan.
Glastonbury es un lugar en el que sale uno a dar la vuelta y se encuentra a cada paso una constancia de que el tiempo ha pasado y nadie se da cuenta. A su aire callado se agrega el lodazal que protege una loma (cerro si usted quiere, al pie mismo de la casa que Sai Baba ocupa como centro espiritual), y el verde panorama de sus potreros.
Se llena uno de lodo los zapatos, pero respira un viento que viene de otras fechas y mira a lo lejos la dura torre de la iglesia de san Juan Evangelista, y más allá, del otro lado, la torre en la punta del cerro, Tor el cerro, de piedra la torre erecta en la punta del cerro, torre hueca, enmohecida, con rastros de generaciones de turistas grabados en las piedras antiguas.
En ese lugar, Enrique VIII hizo ejecutar al postrer obispo de la iglesia de Roma en macabro homenaje al deseo que le inspiraba Ana Bolena. Ahora es un lugar en el que llueve sin ruido sobre los turistas que van en invierno. Y es el silencio -no el recuerdo sangriento- lo que hace que uno piense cosas que pensaba olvidadas.
Del otro lado del cerro está el Pozo. Si el Tor es de lodo, el Pozo es de agua. Agrega la leyenda que en uno de estos manantiales estuvo escondida la copa en que bebieron la sangre de Cristo: manantiales serenos, que transcurren por jardines apacibles y llenos de gracia y propicios para el recogimiento y la quietud interior. Una urraca revolotea en el pasto.
Son las mismas urracas que uno encuentra en las ruinas del convento. Pero uno está ocupado viendo enormes muros incompletos, estatuas de rostros borrados por la intemperie y la desidia, escalones que se fueron gastando en el lento transcurrir de turistas japoneses, penumbras alcahuetas.
Y de pronto, sin esperarlo siquiera, se topa uno con un letrero que avisa al visitante que ha llegado -sin saberlo hasta entonces- a la tumba en que reposan los restos del rey Arturo, monarca de la cristiandad, y su Ginebra del alma.
Esa vez vimos un grupo de personas vestidas como uno se imagina que andaban las personas en tiempos de Cristo, y evitamos mirar de frente al hombre vestido de Cristo que se echó sobre la cruz y mostraba sus pies morados al hombre que tomaba fotos desde una escalera…
Pero si uno no quiere fijarse en historias, mitos o leyendas religiosas o de ninguna otra clase, puede atenerse solamente al hecho de que en la zona hubo tribus que establecieron aldeas-isla sobre un lago en una época en que el adelanto tecnológico consistía en herramientas de madera y piedra y bronce.
Dicen que en noviembre se escuchan sonidos extraños en los lugares que una vez estuvieron bajo el agua, y que se oyen las palabras de quienes llevaban doncellas al lago para calmar a las deidades. Ya resulta suficientemente maravilloso saber que hace veinte siglos el hombre no era lo que ahora.
Parece cosa de magia. Glastonbury es un lugar que no se parece a nada. Pero más en noviembre…
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