Cómo el GPS ha dado forma al mundo moderno

Mujer mirando al GPS en un carro.

Fuente de la imagen, Getty Images

  • Fecha de publicación
  • Tiempo de lectura: 9 min

En 2017, las tripulaciones de varios buques tanqueros vivieron una experiencia desconcertante. Al aproximarse a su destino, descubrieron que estaban en dos lugares distintos a la vez.

Sus ojos les decían que estaban llegando al puerto ruso de Novorossiysk, en la costa norte del mar Negro.

Pero su sistema de posicionamiento global les mostraba que en lugar de navegar sobre el agua, parecía que volaban por los aires.

Cuando atracaron, el GPS seguía insistiendo en que sus barcos habían aterrizado en tierra firme, en un aeropuerto cercano.

Esa historia fue la chispa que llevó a la periodista económica Katherine Dunn a explorar GPS, esa tecnología que nos sitúa en un mapa y crea una representación del mundo completamente centrada en nosotros.

Nos dio, además, una forma nueva de identificarnos: un pequeño punto azul que, sin instrucciones ni manuales, aprendimos a reconocer como un yo.

Pronto se convirtió en cotidianidad, no sólo como una herramienta para saber dónde queda un lugar y cómo llegar allá, sino también cuánto tiempo tomará.

Si nos ponemos a pensar, rápidamente nos damos cuenta de que también sirve para que el taxi llegue a recogernos o para hacer compras online, y si ampliamos el foco, visualizamos su rol en la logística global, particularmente en el transporte de personas y bienes.

Pero quizás pasemos por alto su rol en sistemas como la sincronización de vastas redes -torres de telefonía móvil, sistemas bancarios y redes eléctricas-, en los que ayuda a crear el tipo de comunicación fluida que hoy damos por sentada.

Su omnipresencia se extiende a ámbitos que quizás no asociemos con el GPS, desde aplicaciones de alto riesgo relacionadas con redes financieras y misiles, hasta la agricultura de precisión, e incluso la coordinación de los semáforos.

Todo eso gracias a la constelación de satélites que orbitan la Tierra, y a la resolución simultánea y ultraprecisa de cuatro incógnitas.

Eso le contó a BBC Mundo Dunn, a quien la curiosidad que le despertó el episodio de los buques, la llevó a investigar y escribir Little Blue Dot: How GPS Shaped the Modern World (El pequeño punto azul: cómo GPS le dio forma al mundo moderno).

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Empecemos por lo básico. ¿Cómo funciona realmente el GPS?

La idea central es que estés donde estés, necesitas contar con la señal de cuatro satélites, porque en conjunto están resolviendo cuatro ecuaciones: tu longitud, tu latitud, tu altitud -algo que solemos olvidar, pero que importa si estás, por ejemplo, en el sexto piso de un edificio- y una cuarta variable que es el tiempo, medido con una precisión de mil millonésimas de segundo.

Todo el sistema depende de una exactitud horaria perfecta. Y como subproducto de usar el tiempo para calcular tu ubicación, el GPS termina regalándote un reloj atómico de bolsillo: toma la hora de los relojes atómicos que viajan en los satélites y te la entrega, sin que lo notes, en el teléfono o en el auto.

En el fondo es una computadora en el espacio hablándole a una computadora en el receptor, que a su vez habla con una computadora en una estación terrestre.

La física detrás es complejísima, pero la idea general es tan elegante que probablemente por eso el sistema resistió el paso del tiempo y se volvió tan exitoso.

¿Por qué necesita saber algo tan específico como en qué piso de un edificio estás?

Porque el GPS se diseñó para aviones, como herramienta para bombardear con exactitud.

Tiene antecedentes -muchos ligados también a campañas de bombardeo-, pero nace directamente de la guerra de Vietnam, cuando la fuerza aérea estadounidense fracasó una y otra vez en atacar con precisión el sendero Ho Chi Minh y los puentes que se usaban para mover tropas y suministros.

Ahí estaba la poderosísima aviación de Estados Unidos, incapaz de acertarle a un puente en Vietnam del Norte. Necesitaban una precisión extrema, y en tres dimensiones, además de una velocidad de cálculo altísima, porque un avión se mueve rapidísimo y necesita su ubicación casi en tiempo real mientras cruza el cielo.

De ahí que el tiempo sea un factor tan crítico.

Exacto, y es la parte más difícil de entender para cualquiera que no sea físico.

La gente suele decir "el GPS funciona por triangulación", pero no: la triangulación son ángulos, esto es pura velocidad. El sistema calcula cuánto tarda una señal de radio en salir del satélite y llegar al receptor, y necesita medir ese lapso con una precisión de mil millonésimas de segundo, porque las diferencias que hay que detectar son minúsculas.

Mujer joven rubia sosteniendo libro con manos con guantes rojos y con chaqueta de piel vinotinto

Fuente de la imagen, Cortesía de Katherine Dunn

Pie de foto, Katherine Dunn, en el meridiano de Greenwich, feliz con su libro.

Desarrollar el GPS requirió la tecnología más avanzada, desde esos relojes atómicos hasta cohetes, baterías y computadoras. Para mantenerlo, se necesitan millones de dólares al año... y, sin embargo, es gratis: una rareza, sobre todo si pensamos que nació en Estados Unidos, el bastión del capitalismo.

Sí, hay algo casi irónico en que los archicapitalistas estadounidenses jamás soñaron con cobrar por el acceso al GPS.

Y tiene su gracia porque durante años el propio Pentágono no lo valoró mucho. Recién cuando otros países empezaron a adoptarlo, se dieron cuenta de que tenían entre manos no solo una herramienta militar poderosísima, sino también una herramienta industrial, comercial y de poder blando.

A finales de los 90, tras un incidente casual que amenazó el espacio de frecuencias que usa el GPS, el gobierno estadounidense entendió dos cosas: que si todo el mundo dependía de este sistema, iba a estar más protegido, y que se estaban construyendo industrias enteras alrededor de él, con Estados Unidos fabricando los receptores.

En parte, recuperaron esa inversión de otras formas: el sistema impulsó industrias gigantescas, muchas encabezadas por empresas estadounidenses. Las grandes tecnológicas, sin ir más lejos, dependen enormemente de los datos de ubicación, y están construidas sobre un producto del gobierno, pagado con los impuestos de los contribuyentes.

Promovieron activamente que otros gobiernos lo adoptaran, y muchos lo hicieron con gusto, pero hubo algunos que no tanto, ¿cierto?

A los europeos les empezó a incomodar la idea de que tanta infraestructura dependiera de un solo producto estadounidense, y de ahí surgió, en buena parte Galileo (el sistema europeo de autonomía estratégica).

Hoy está más diversificado, aunque el GPS sigue siendo el sistema dominante en muchas industrias, aun cuando ya no es el mejor de los cinco que existen -el chino, dicen, es por lejos el más avanzado- simplemente porque es el más viejo y muchos receptores se fabricando pensando solo en él.

La aviación, por ejemplo, tiende a usar únicamente GPS, mientras que el chip de un teléfono suele aprovechar todas las constelaciones disponibles al mismo tiempo.

Photo de iPhone con íconos de apps en la pantalla, incluido el de mapas

Fuente de la imagen, Getty Images

Pie de foto, El segundo modelo de iPhone fue la presentación en sociedad de GPS, y marcó el momento en el que empezó a a convertirse en algo cotidiano para millones de personas.

¿Quiénes fueron los primeros en usar GPS por fuera del ámbito militar?

Los primeros usuarios fueron nerds: agrimensores e investigadores universitarios. Después vinieron especialistas muy específicos, y luego un puñado de nerds adinerados que buscaban fósiles de dinosaurios, o que eran fanáticos de la navegación a vela, cierto tipo de aventureros de elite, capaces de pagar receptores que al principio costaban cerca de US$100.000.

Recién en los 80 aparece el primer auto con GPS, y fueron los japoneses los que vieron el potencial para la industria automotriz, en parte porque Japón había sido durante la posguerra una especie de taller estadounidense, y terminó perfeccionando esa tecnología incluso más que su creador.

Para el resto del mundo, si no eras fanático de la tecnología, ni de los motores, ni del montañismo o la navegación, el primer salto fue tener un TomTom o un Garmin en el auto.

Pero el gran salto llegó con el iPhone 3G, el primero en incorporar GPS, y Google Maps como aplicación de mapas: ya no era algo que se quedaba en el auto, sino algo que llevabas contigo todo el tiempo.

El GPS empezó a usarse muchísimo, y a reemplazar los mapas que solían decirnos dónde estaban las cosas, pero resultó que algunas no estaban exactamente donde creíamos.

Es una idea loca, ¿no? Hoy estamos acostumbrados a que la información coincida con la realidad: si está en el mapa, tiene que estar ahí.

Pero no siempre era así. El GPS puso esas discrepancias en evidencia y obligó a corregirlas.

La Estatua de la Libertad es un ejemplo famoso, pero se descubrió que había muchas otras cosas así, incluso pistas de aterrizaje desplazadas varios metros respecto de sus coordenadas oficiales.

Lo que entendí es que la precisión absoluta no existe: siempre se trata de acercarse lo más posible y seguir ajustando.

Pero si en esos casos el GPS ayudó a reconciliar los mapas con la realidad, hay otros en los que sucede exactamente al revés, como les pasó a las tripulaciones de esos buques en el puerto ruso de Novorossiysk: sus GPS les mostraban que estaban sobre la pista de un aeropuerto situado a decenas de kilómetros de distancia.

Es el primer gran episodio de este tipo que se conoce públicamente.

Investigadores empezaron a notar que estas interferencias ocurrían dondequiera que estuviera Putin -de hecho, estaba cerca durante el incidente de Novorossiysk- y también alrededor de edificios del gobierno ruso, como el Kremlin o el llamado Palacio de Putin en el Mar Negro.

Y luego, en un documental sobre el opositor ruso Alexéi Navalni, que investiga precisamente ese palacio, vieron una escena en la que intentan sobrevolarlo con drones, pero no consiguen acercarse.

Así vieron la conexión: la maniobra buscaba impedir que drones se acercaran, ya sea para espiar o para atacar a figuras del poder.

Vladimir Putin, mirando hacia arriba.

Fuente de la imagen, Getty Images

Pie de foto, La contrainteligencia rusa usaba potentes equipos de interferencia electrónica y transmitía coordenadas falsas preprogramadas para crear un escudo móvil invisible a su alrededor.

¿Cómo se logra eso, técnicamente?

Ahí entra la diferencia entre interferir y suplantar.

Interferir es simplemente ahogar la señal: es como si mientras estás diciendo algo yo empiezo a gritar: sigues hablando, pero nadie te escucha. Es pura potencia sobre la misma frecuencia.

Suplantar es más taimado: es secuestrar la señal, como si de repente yo tomara tu voz y dijera cosas que jamás dijiste.

En estos casos hubo algo de interferencia pura, pero lo de los barcos "apareciendo" en aeropuertos era suplantación. Y la razón por la que elegían justamente coordenadas de aeropuertos es que, por entonces, la mayoría de los drones comerciales venía configurado de fábrica para girar o caer si detectaba que estaba cerca de un aeropuerto, por razones de seguridad.

Si lograban hacerle creer al dron que la ubicación de Putin era la de un aeropuerto, el dron no podía acercarse.

Hoy, para cualquier profesional, es muy sencillo esquivar esa restricción; en Ucrania, con el uso actual de drones, esa limitación quedó completamente superada.

¿Y se puede simplemente "apagar" el GPS?

Se podría, sí. El chiste que hago últimamente es que ojalá Donald Trump nunca se entere, porque es justo el tipo de cosa que podría intentar cortar.

Sería enormemente disruptivo, pero la buena noticia es que hoy existen otros sistemas alternativos, así que probablemente el teléfono ni se vería afectado.

Lo que despierta más temor no es tanto que el GPS desaparezca, sino que sea manipulado sin que nadie lo note. Eso sí da miedo, porque tenemos mucha menos idea de cómo reaccionarían los sistemas en ese escenario. Es parecido a un ciberataque, pero analógico.

¿Hay zonas del mundo donde esto ya está pasando en serio?

Si has seguido los conflictos recientes, desde la guerra con drones y las líneas del frente en Ucrania hasta lo ocurrido en el estrecho de Ormuz, quizá hayas visto algunos de estos efectos: barcos que trazan recorridos extraños, dando vueltas sin sentido, o incluso misiles estadounidenses de alta precisión que llegan a Ucrania y, de repente, no funcionan como deberían.

La manipulación del GPS se ha convertido en una característica cada vez más habitual de los conflictos desde que existe esta tecnología

Para cerrar: me encanta esa imagen que evoca el título de tu libro, la de convertirnos en un pequeño punto azul en una pantalla.

Ese título conecta con algo que pensé mucho mientras escribía: existía esta idea de la exploración espacial, de mirar hacia los cielos, hacia el cosmos. Y sin embargo buena parte de lo que hicimos fue salir apenas un poco al espacio y dar vuelta las cámaras hacia nosotros mismos.

Hay algo contradictorio en que gran parte de esa ciencia y esa física terminaron puestas al servicio de la guerra -y también, en lo cotidiano, de vendernos cosas y hacernos gastar dinero-.

Aunque también está el lado positivo: buena parte de la ciencia del clima, por ejemplo, surgió de estos mismos descubrimientos.

La tecnología no es buena ni mala en sí misma; puede ser ambas cosas a la vez.

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