Little Los Ángeles, el barrio en CDMX donde mexicanos deportados de EE.UU. comienzan en un país que apenas conocen

Hombre con los brazos cruzados junto a una pared cubierta de carteles, en una acera urbana con palmeras y peatones al fondo.

Fuente de la imagen, Marcos González Díaz

Pie de foto, Iván Porras vivió dos tercios de su vida en Estados Unidos.
    • Autor, Marcos González Díaz
    • Título del autor, Especial para BBC News Mundo
    • Informa desde, Ciudad de México
  • Tiempo de lectura: 9 min

"Nací en México, pero he crecido la mayor parte de mi vida en Estados Unidos. Al ser deportado de vuelta, me siento que no soy ni de aquí ni de allá".

Iván Porras, un fotógrafo y músico mexicano de 33 años, vivió dos tercios de su vida en Nevada y California. Allí llegó siendo un niño y allí permaneció hasta su expulsión el año pasado.

Ese sentimiento de no pertenecer plenamente a ninguno de los dos países es compartido por decenas de miles de personas indocumentadas que están retornando —por voluntad propia o, en su gran mayoría, a la fuerza tras ser detenidas en el marco de la agresiva política migratoria del actual gobierno de Donald Trump— a un México que apenas recuerdan.

Sin embargo, muchos de ellos han encontrado un pequeño refugio en el corazón de la capital mexicana que, de alguna manera, mezcla elementos de las culturas de ambos lugares y que les ayuda a sentirse más comprendidos al entrar en contacto con una gran comunidad que pasó por una experiencia similar.

Se llama Little L.A. ("el pequeño Los Ángeles") y se encuentra en la colonia Tabacalera de Ciudad de México, un barrio que a algunos le recuerda a la ciudad californiana por la numerosa presencia de palmeras.

Vista de Little L.A., con sus características palmeras y el Monumento a la Revolución como epicentro.

Fuente de la imagen, Marcos González Díaz

Pie de foto, El Monumento a la Revolución, detrás del autobús, es el símbolo principal de Little L.A.

A esta zona fue llegando en los últimos años un gran número de mexicanos deportados desde ese estado de EE.UU. atraídos por la existencia de varios call centers, donde su capacidad para hablar inglés y español los hace buenos candidatos para encontrar trabajo como operadores telefónicos.

Hoy, es habitual encontrar a muchos de ellos reunirse en Little L.A. tras su jornada laboral, hablando spanglish y saltando cómodamente de un idioma a otro en bares donde se anuncian en inglés snacks & beers y que combinan en sus menús comida típica de ambos países.

"En este barrio de Little L.A. he conocido a muchos deportados que llevan rato ya aquí en México. Compartimos la misma experiencia, los mismos struggles (luchas) y podemos comunicarnos en inglés. Eso ayuda mucho, porque ya no te sientes solo ni aislado del resto del país", destaca Porras.

El epicentro de este pequeño Los Ángeles mexicano es el emblemático Monumento a la Revolución, una obra que en su momento comenzó a construirse con la idea de convertirse en el Palacio Legislativo del país.

"Para nosotros, (el monumento) es importante porque estaba pensado para ser algo completamente diferente. Es fundamental recordar que a veces empezamos nuestras historias en otros lugares, como muchos de nuestros hermanos repatriados, pero eso no significa que sea el fin, sino que es el comienzo de algo nuevo", le dice a BBC Mundo Shunaxy Estrada, directora de voluntarios en México de New Comienzos.

Mujer de pie en una plaza amplia frente al Monumento a la Revolución, con edificios urbanos al fondo y cielo despejado.

Fuente de la imagen, Marcos González Díaz

Pie de foto, Shunaxy Estrada dirige a los voluntarios en México de New Comienzos.

Esta organización, que ayuda a migrantes que regresan a México con apoyo legal, psicológico y de búsqueda de empleo, entre otros, ha sido determinante en el auge de Little L.A.

"Al tener un lugar donde vincularse y sentirse identificados, es nuestra manera de tomarles de la mano y decirles que no están solos", afirma.

Cocinó para Trump y su gobierno lo acabó deportando

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En el mismo Little L.A. se encuentra el albergue Casa de los Amigos. Su director, Miguel Ángel Lomelí, recuerda todos los preparativos que hicieron durante el año pasado ante la previsión de que Trump cumpliera su promesa de realizar deportaciones masivas y tuvieran que acoger a más connacionales en el centro.

Sin embargo, "no hemos tenido muchas personas mexicanas deportadas, más bien ha sido gente que ya no pudieron pasar (a EE.UU.) a cumplir el sueño americano, sobre todo desde países de Centroamérica", le dice a BBC Mundo.

La mayoría de deportados —que solo el año pasado superaron los 160.000, según cifras del gobierno de México— viajan a sus estados natales tras regresar a su país. Algunos, sin embargo, no lo lograron: al menos 15 mexicanos han muerto bajo custodia del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas estadounidense (ICE, por sus siglas en inglés) y en operativos antiinmigración desde el regreso del republicano a la Casa Blanca el año pasado.

Erick Flores, un mexicano de 56 años que pasó las dos últimas décadas trabajando como chef en la ciudad de Nueva York, recuerda las duras condiciones a las que las autoridades migratorias lo sometieron en EE.UU. tras detenerlo mientras paseaba por la calle a finales del año pasado.

Hombre con delantal trabajando en una cocina industrial, usando pinzas frente a una parrilla con comida, rodeado de equipos de metal.

Fuente de la imagen, Cortesía

Pie de foto, Erick Flores trabajando como chef en Nueva York.

"Nos tenían en instalaciones del ICE, sobre una colchoneta, con luz durante 24 horas y como a 5ºC. En uno de los centros, nos traían la comida y nos la tiraban diciéndonos en inglés: 'Coman, perros'", le cuenta a BBC Mundo mientras pasea por Little L.A.

Pasó por cuatro centros en Texas hasta que, 26 días después de ser detenido, llegó a Ciudad de México. "Cuando recién llegué, yo estaba traumado. Perdí casi seis kilos".

Flores volvió de EE.UU. con una llamativa anécdota. En 2015, antes de que Trump ganara su primera presidencia, tuvo la oportunidad de cocinar para el republicano mientras trabajaba en un puesto de venta de comida para oficinas corporativas

"Yo le hice una ensalada a Donald Trump. Algo bien curioso es que, diez años después, él me deporta", dice mientras subraya que lo "admiraba" en su faceta de empresario previa a que se adentrara en política. "El cambio que hubo en él, solo él lo sabe".

Terraza de restaurante en la acera con mesas y sillas bajo sombrillas rojas, frente a una fachada urbana con letreros.

Fuente de la imagen, Marcos González Díaz

Pie de foto, Algunos restaurantes en Little L.A., donde se reúnen muchos mexicanos deportados, tienen letreros y cartas con partes en inglés.

Recientemente, Flores pudo reunirse en México con su esposa y los tres hijos que había dejado cuando aún eran niños. 20 años después de verlos por última vez, se encontró a unos adultos que, asegura, comprendieron que su larga ausencia fue un sacrificio que hizo para poder darles una buena vida.

"Cuando firmé mi deportación, hice un balance. EE.UU. me dio mucho, pero yo también le di mucho a EE.UU. tras 20 años pagando impuestos y contribuyendo a su economía. Estamos a mano. Y soy afortunado porque regresé vivo: hay muchos que ni siquiera lo cuentan", reflexiona.

Discriminación, barrera idiomática y estigmatización como desafíos

Algo muy parecido piensa Issac Hernández, un mexicano de 29 años que llegó a California cuando apenas tenía 7 y que fue deportado, en su caso, durante el primer mandato de Trump.

El proceso de deportación "te quita la humanidad", afirma rotundo. Sin embargo, su expulsión expedita se resolvió en poco más de un día, por lo que reconoce que casi se siente afortunado de haber pasado por el proceso entonces, y no durante el actual gobierno.

"Si cuento lo feo que yo sentí solo en un día… ahora veo las noticias y lo siento por quienes lo están pasando, porque es peor. La violencia de este grupo, de agarrar a personas a diestra y siniestra, sin preguntar ni ver si tienen antecedentes… No me puedo quejar de lo que yo pasé, viendo esas imágenes por las que nadie debería pasar", insiste.

Hernández relata su historia tras acabar su jornada laboral en un call center de Little L.A. Cuenta con orgullo que este trabajo le ha permitido ser propietario de su propio hogar en México, lo que en EE.UU. "habría sido difícil". Sin embargo, reiniciar su vida en México y "comenzar de cero" también lo fue.

"No me podía comunicar poque al inicio se me dificultaba el español. Me oían hablar inglés, y decían 'es un pochito [como se llama a los mexicanos que adoptan costumbres de estadounidenses], es un deportado'. Lo asumen por tu habla, por tatuajes, por tu forma de vestir… y eso no ayuda para sentirte en tu propio país", lamenta.

Hombre con auriculares trabajando en una computadora en una oficina compartida, con otras personas usando equipos al fondo.

Fuente de la imagen, Lorena Motos

Pie de foto, Issac Hernández trabaja en un call center.

Y es que por si el desarraigo cultural no fuera suficiente, la barrera lingüística y la estigmatización son otros grandes desafíos a los que se enfrentan muchas de las personas que son deportadas a México.

Danny Iniestra enfrentó una discriminación similar cuando regresó el pasado octubre a un país del que se marchó teniendo solo 6 años y del que no guardaba ningún recuerdo, pero que ya lucía con orgullo en tatuajes sobre su cuerpo que representan el Ángel de la Independencia o el slogan Made in Mexico.

"La palabra 'odiar' es muy fuerte, pero… me dolía mucho porque yo no era mexicano para el mexicano: yo era pocho, gringo, güero, lo que sea. Incluso me cobraban más de lo que las cosas costaban. Entonces, si México es el país más amigable para el extranjero y el turista, ¿por qué no estamos ayudando a nuestra propia gente?", se pregunta.

Tras casi 20 años en EE.UU., Iniestra relató sus desafíos y cómo va integrándose poco a poco a su nueva vida en México tras años de depresión durante una entrevista para "Migrantes and Deportados Talk Spanglish", un pódcast creado para dar voz a personas retornadas como él que también cuenta con el apoyo de New Comienzos.

"Por todo eso, en New Comienzos reforzamos el apoyo psicológico, porque es algo sumamente importante. Imagina cuando terminas una relación con tu pareja, que ese proceso de duelo no es sencillo. Ahora multiplícalo por 'estoy terminando toda una vida' en EE.UU. y tengo que regresar", compara Estrada, miembro de la organización que destaca el aumento de connacionales a los que apoyan tras el auge del fenómeno de la 'autodeportación' que nunca antes se había visto.

Artículos promocionales y folletos de New Comienzos, incluidos gorros, una bufanda y un libro, colocados sobre un mantel con ilustraciones de utensilios de cocina.

Fuente de la imagen, Marcos González Díaz

Pie de foto, El kit que la organización New Comienzos ofrece a todas las personas deportadas incluye información vital para adaptarse a su nueva vida.

Los mexicanos deportados tienen distintos planes de cara al futuro. Iván Porras confía en obtener un perdón migratorio para regresar en pocos años a EE.UU. y reunirse con su pareja e hija de 8 años, que también tienen ciudadanía estadounidense y a quienes puede ver de vez en cuando gracias a que cruzan la frontera con México desde El Paso, Texas.

"Allí yo tenía una familia, cumplí muchos sueños. Las mismas metas que tenía, las tengo aquí en México y voy a trabajar todo lo posible por cumplirlas. Pero ser deportado no me las va a arruinar", promete.

Issac Hernández, en cambio, visualiza su futuro en México tras haber encontrado un lugar seguro en Little L.A.

"Para mí, Little L.A. se volvió como un hogar. Me acogió, me ayudó a conseguir un empleo fijo, la comunidad me motivó a luchar por mis sueños… y es que el sueño americano se puede también conseguir aquí en México. Porque yo ahora me lo creo: que el sueño mexicano sí existe", concluye.

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